Tú...
Tú, tú.
Tú; tú...
Tú: Tú.
Tú (tú).
- Tú.
Tú -tú-.
...Tú.
¡Tú!
¿Y si nunca te hubiera conocido?
Hay muchas confusiones en cuanto al concepto de espiritualidad. Como tenemos tan arraigada en nuestra cultura la tradición judeo-cristiana, es habitual que se produzcan rechazos o apegos a determinados temas relacionados con la Divinidad o el Espíritu (por no decir Dios). Pero ser espiritual no implica puerilidad, ni pasividad, ni la anulación de nuestros instintos naturales, ni miseria económica o falta de interés por el dinero, ni vivir “fuera” de este mundo, ni muchos otros prejuicios que hemos ido arrastrando desde hace siglos.
En cambio, vivir desde el espíritu significa ser conscientes de una dimensión más allá de la material: la dimensión energética.
Con los descubrimientos científicos más recientes se ha observado la esencial importancia del pensamiento en cuanto que creador de la realidad. La mente mueve y materializa la energía pero, para ello, los distintos niveles de nuestro ser (el cuerpo físico, las emociones y los pensamientos) han de estar en sincronía con la realidad que queremos crear.
Vivir en consonancia con la Divinidad conlleva la responsabilidad de la consciencia y de la acción, pues consiste en tomar las riendas de nuestra vida y ejercer, desde el amor, el poder de dirigirla sn delegar en nadie más dicha autoridad.
Esto último, que podría parecer obvio, en realidad es una tarea difícil en nuestra sociedad ya que, desde nuestra concepción misma, nos están “programando” para que sigamos unos patrones impuestos por la tradición familiar y/o la cultura en la cual estamos inmersos.
Apartarnos de lo establecido, salirnos de la fila, es algo molesto para los que con tanto empeño se esfuerzan en mantener “el orden”. Lo que estas personas no saben es que el bienestar, la paz, la felicidad y la prosperidad que se logran viviendo en consonancia con nuestra espiritualidad, son inimaginables dentro del rígido molde que imponen las actuales “normas sociales”.
La transformación se está produciendo, lenta pero inexorablemente. Hay una expansión de la percepción que no es otra que la de darnos cuenta de que somos los co-creadores de nuestra realidad. Estamos despertando a la consciencia de que el poder reside en nosotros. Pero este poder proviene de nuestra esencia divina y tenemos que vivir en sincronía con ella para alcanzar la verdadera revolución en el mundo. Será entonces cuando la palabra “humanidad” cobre todo su sentido.
Lo supe cuando me confesó que sentía pánico a quedarse solo. Entonces cayeron sobre mí todas las batallas. Me dijo que no quería silencio, que no quería soledad. Le aterraba el preludio de lo inevitable, de lo que sabía que tenía que ocurrir. Le paralizaba el rumor que crecía en su interior: las voces, los sonidos, las ideas, los gritos… Ese torrente infinito que le dominaba.
Entonces, le digo, lo supe. ¿Qué otro remedio me quedaba? Durante años me amparé bajo el escudo de la supervivencia: o él o yo. Pero hace tiempo que ya no me engaño, ¿sabe? No tiene sentido…
Así que lo hice. No me quedó otra salida. Y lo hice bien, fui rápida, sencilla, limpia… Si lo hubiese visto… Él no lo esperaba, pero el estupor le duró en el rostro sólo unos segundos. Ahora descansa, por fin, tranquilo… Una madre sabe siempre qué es lo mejor para su hijo.
Y ya no me miento a mí misma, ni me cobijo en excusas. Ya sé que la guerra no era entre ambos, sino de ambos. Luchábamos en el mismo bando. Éramos la misma cosa. Así que, ya lo ve, yo me maté en el preciso instante en que murió él.
Supongo que ya se acabaron las atracciones como ésta...

Tengo que escribirlo. Necesito rellenar con tinta ficticia esta hoja digital. Me urge dejar constancia de tu inesperada visita. Hacía mucho que no te pensaba… Desperté sobresaltado y empapado en sudor. Molesto. ¿Dónde estarás? Hubo un tiempo en el que esperaba toparme contigo a cada paso por los laberintos de esta inmensa ciudad. Pero mis esperanzas se esfumaron cuando me llegó una breve crónica de tus movimientos… Ya no habitabas el mismo espacio.
De repente esta noche te siento con una apabullante claridad. Te hablo, te acaricio, te beso… Y tú te escabulles como una serpiente huidiza de entre mis brazos. ¿A dónde vas? ¿Qué me quieres decir con esa mirada anhelante?
En mi sueño te convertías en algo inerte, sin vida. Pero al fin y al cabo eras tú. Yo lo sabía, con esa sabiduría translúcida que otorgan los sueños, por eso seguía amando esa cosa informe que ya en nada se parecía a ti.
Entonces amanecí. Con el regusto amargo de una despedida que nunca llegó a suceder. Con los ojos húmedos de nostalgia, con la resaca aplastándome la cabeza y con el dolor del deseo asfixiándome bajo las sábanas.
He convivido demasiado tiempo con unos primos heterocigóticos en el sur de la India. He viajado a través de un río que ya no existe. He desmigajado una prosa hecha con encajes de volutas de incienso.
He deseado ser de piel oscura y de ojos grandes, como mis primos de Kerala. Y he soñado con el olor de mi persona amada, como el Dios de las pequeñas cosas.
Despierta. Una pequeña y oscura casa de principios de siglo XX en una fría ciudad. Iluminada apenas por el resplandor de una estufa de carbón. Él caminaba frenético por la estancia, esquivando con precisión los pesados muebles atestados de cachivaches y papeles. Ella, desorientada, observaba el movimiento de su densa cabellera negra sobre el rojo de su camisa en aquel ir y venir. Sentía una profunda languidez, el vacío del peso de un cuerpo sobre el suyo. De repente, una mirada de él la devolvió a la realidad como un zarpazo. Entendió su sonrisa cómplice como la firma de un pacto sellado apenas media hora antes. Sin tener del todo claro el porqué, ella sabía que tenían que actuar rápido, que los acontecimientos se desencadenarían de forma inminente.
Trató de levantarse del sofá, incorporándose costosamente en aquella antigüedad de raído terciopelo rojo, pero un grito a su espalda la frenó en seco congelándole las entrañas. A través del tragaluz por el que se filtraba el frío húmedo del asfalto, vio la silueta de una mujer joven en cuclillas con la cara pegada al sucio ventanuco, observándola.
Por la reacción de él supo que se conocían, pero no lograba entender la retahíla de exclamaciones e improperios que ambos se escupieron sin piedad. Las risas histéricas de la joven, con los viejos faldones remangados, dejando ver unas oscuras medias rojas, consiguieron desorientarla aún más, poniendo en alerta todos los músculos de su pequeño cuerpo. Así consiguió saltar como un resorte cuando la chica empujó enfurecida la claraboya, cayendo al interior con un estrépito de cristales.
Él se apresuró a levantarla y la zarandeó entre gritos ahogados. La joven se reía como una hiena herida y lloraba de rabia sin dejar de mirarla a ella, quien observaba temblorosa y agazapada en un rincón, todavía sin entender.
Poco a poco, con cada respiración entrecortada, se fueron calmando los tres. Ella sintió el impulso de acallar el grave crujir de los cristales sobre la alfombra y corrió a buscar un cepillo. Él susurraba y secaba con un pañuelo sucio los hilos de sangre que empezaban a aflorar en la piel de la joven, mientras ésta se tragaba las lágrimas con seco orgullo y trataba de recomponer su harapiento ropaje.
Hubo unos breves instantes de silencio, unas miradas fugaces, unos esbozos de sonrisas. Algo cambió súbitamente. Comprensión de algo incomprensible con el crepitar de la estufa.
La tranquilidad duró apenas unos minutos. Por las ventanas que daban a la otra calle, vieron los pasos urgentes de dos guardias, sin duda guiados por algún testigo cansado de soportar los continuos desmanes de aquél bohemio que ocupaba ese sótano inmundo. Lo que ese testigo no sabía era que hacía tiempo que la policía buscaba sólo una excusa para allanar esa morada, y se la habían servido en bandeja de la forma más absurda. Rápidamente, los tres se apresuraron a tapar la nueva entrada con deshilachadas mantas rojas a modo de telón y moviendo una pesada vitrina de roble cuyo único continente era un sinfín de telas de araña y cagadas de ratón.
Sus esfuerzos fueron en vano. Los guardias los sorprendieron en esa singular mudanza y de nada sirvió el intercambio de sonidos articulados entre él y los agentes. Uno de ellos, de una patada certera, logró derribar el pesado mueble mientras que el otro se introducía por la abertura. Él corrió hacia ella y la agarró por la muñeca en un intento de fuga. La joven harapienta trató de favorecer su huída empujando muebles y arrojando a los policías todo lo que encontraba a mano.
Cuando la pareja logró salir de aquel subsuelo, se vieron sorprendidos por una multitud de personas que les esperaban en semicírculo, cortándoles el paso. De súbito, a ella se le incrustó en los huesos el frío helado de aquella ciudad oscura. Miró a su acompañante, todavía aferrado a su diminuta muñeca, y la distancia entre ambos se hizo inmensa. Ella sabía que se lo arrebatarían para siempre.
Todo pasó muy deprisa. Una jungla de brazos y golpes se abalanzó sobre ellos tratando de separarlos. Ella aullaba de dolor en un idioma incomprensible para todos. Quizá fueros esos extraños y pavorosos ruidos guturales lo que consiguió amedrentar a la turba, haciéndola retroceder atemorizada por el espectáculo.
Aún así, él sabía que no duraría demasiado. La atrajo hacia él, buscando apoyo contra una fría pared, y abrazó su pequeño y desnutrido cuerpo con la ternura y la desesperación de una despedida. Ella, temblando, se acurrucó en su camisa roja, buscando su calor. Al fin llegó a entender…
Despierta. El blanco cegador de un pequeño cubículo. Está apoyada contra una pared, incomprensiblemente mullida. Abrazada a sí misma, se acaricia la espalda con los brazos entrelazados. Busca en vano el terciopelo rojo. Persigue su olor en ese espacio aséptico. Un vértigo indescriptible sacude sus huesos.
Gira la cabeza. Una puerta que no lleva a ninguna parte. En el techo, el hormigueo sordo de unas lámparas fluorescentes. Una certeza súbita le hace saltar sobre la cama y arrancar uno de los tubos. Ya sabe cómo hallarle. Ha encontrado su rastro en su interior. Y ella sólo tiene que seguir los senderos rojos que empiezan a brotar de sus delgadas muñecas…